La tecnología que explora nuestras emociones y puede llegar a reconocer cómo nos sentimos ha dejado de ser una utopía. Así lo demuestran las inversiones en este mercado, que, según el último estudio publicado por MarketsandMarkets, crecerán en los próximos cinco años desde los 22,2 billones de dólares invertidos en 2019 hasta los 90 billones de dólares que se estima que se inviertan en 2024. Este extraordinario crecimiento, según los expertos se explica por las posibilidades que conlleva el desarrollo de la computación afectiva: esta nueva tecnología promete desde cambiar nuestras relaciones con las empresas, haciéndolas más agradables y cálidas, hasta mejorar nuestra experiencia de conducción, adaptando la temperatura o la música a nuestro estado emocional, pasando por proporcionar apoyo emocional e incluso detectar de forma precoz problemas psicológicos en sus primeras fases, entre otras tareas de una larga lista.
“Hay muchas formas de aplicar la computación afectiva a nuestras vidas”, señala David Masip, profesor de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). “Existen aplicaciones comerciales o industriales bastante factibles a corto plazo, como por ejemplo la publicidad reactiva, la extracción de información emocional como mecanismo de retorno honesto, automatizado y constante en aplicaciones de ocio o experiencia de usuario, etc. Todas ellas tienen que permitir mejorar los servicios que recibimos a diario.
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